BUENOS AIRES.- Casi con el primer cuarto del año transcurrido, es poco lo que la economía está mostrando; apenas el arrastre de la actividad del año anterior.

Un 2010 excepcionalmente benigno con el país, luego de la caída de 2009, le permitió superar con comodidad los efectos negativos de una sequía que amenazaba con malograr los principales bienes de exportación.

Sin embargo, la administración Kirchner lejos de aprovechar esta oportunidad favorable continúa con su política económica plagada de errores que van conduciendo hacia un escenario de inestabilidad permanente.

Todas las decisiones de política económica van conduciendo al país hacia un escenario de inflación. La inflación no es lineal sino que se espiraliza y con cada ciclo va adquiriendo mayor velocidad.

La inflación no surge por arte de magia. Es la consecuencia de políticas económicas de dispendio del gasto público y de emisión monetaria espuria, sin respaldo, que busca crear una ficción de consumo en la población, en una economía cuya tasa de inversión ni siquiera llega a alcanzar los niveles de reposición del capital.

En este escenario sin ese piso de inversión mínima, la oferta de bienes y servicios no alcanza a satisfacer la demanda global, alimentada por la emisión monetaria que financia el gasto público improductivo. Este esquema de demanda superior a la oferta concluye en un incremento generalizado de precios.

Como los precios suben y el dinero vale menos, se busca aumentar el consumo para preservar el valor del dinero. Ese aumento del consumo genera, al mismo tiempo, un nuevo incremento de precios que sumado a la velocidad con que gira el dinero, retroalimenta la tasa de inflación, convirtiendo a este mecanismo en un círculo vicioso.

Pero la inflación no viene sola. Este fenómeno está acompañado de un aumento de la pobreza y de una dispersión aun más acentuada de la pirámide de ingresos, con lo cual el tan meneado esquema de distribución de riqueza -bandera electoral del kirchnerismo-, se desvanece.

El documento publicado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos calificando a la inflación argentina de dramática es una grave expresión en términos diplomáticos, aunque para los argentinos pueda significar apenas un llamado a la conciencia.

En términos más llanos, Washington no entiende cómo esos chiflados del Cono Sur pueden vivir con semejante inflación, generada por un gobierno que pretende ser reelecto y al que adhiere gran parte de la población.

Pero la expresión diplomática encierra algo más grave que la mera calificación de dramática, justo en vísperas de la visita del presidente Barack Obama por Sudamérica, excepto a la Argentina.

A nivel externo, el pronunciamiento de la Casa Blanca significa para las empresas multinacionales que la Argentina no es un lugar apto para invertir. En otros términos, Washington está colocando a la Argentina fuera de la agenda internacional de inversiones. Y esto sí es sumamente grave, por lo expuesto anteriormente.

A nivel interno tiene otra lectura. El Gobierno está negando la inflación, la alimenta con gasto público y emisión monetaria y crea un nivel de consumo ficticio que se expande a una velocidad cada vez mayor. Lo más peligroso es que la población se está habituando a vivir con este desmadre inflacionario, eclipsada por el consumo artificial. Y esto también es sumamente grave por los vicios ocultos. A saber.

La inflación se asemeja a una fiesta. En el momento, se disfruta pero es una cuenta que en algún momento habrá que pagar.

Hasta ahora, la administración Kirchner le hizo pagar la fiesta al campo con las retenciones, a los trabajadores con la confiscación de los ahorros previsionales que estaban en las cuentas de las ex AFJP, a los monotributistas y autónomos, cobrándoles más por la falta de actualización de la base imponible frente a la marcha de la inflación y a los jubilados y pensionados, incrementándoles sus haberes por debajo de la inflación real. Ahora, esa fiesta se empieza a pagar con falta de ahorro que lleva a una falta de inversión y más tarde a falta de trabajo.

En todos los ciclos inflacionarios de la historia, la inflación la pagaron los más pobres y en el caso argentino no será una excepción.

La inflación profundiza la pobreza, generando más marginalidad, exclusión y desempleo, un caldero propicio para la actividad criminal, en especial, en sectores juveniles, desplazados del mercado laboral por falta de calificación y condenados a vivir en la informalidad, algo a lo cual también la sociedad se está habituando con la complicidad del Gobierno y de la patria sindical.

El Gobierno está preparando su banquete electoral con combustible inflacionario y coloca todas las variables económicas -precios, salarios, tipo de cambio, tasa de interés, tarifas y deuda pública-, en una olla a presión.

¿Quién será el próximo que pagará la fiesta? ¿El dinero que está colocado en las cuentas bancarias, en las cajas de seguridad, en las letras del BCRA?

"Da lo mismo si ganamos o perdemos, la cuenta siempre la paga otro", sentenciaba un veterano dirigente peronista. ¿Réquiem de un modelo o de una cultura?